Historia de vida Emigrar para crecer: entre el desarraigo y un mejor porvenir para los hijos

 

 

Un futuro mejor para sus niños. Ese fue el horizonte que se fijaron Carmen Julia Moreno (36) y su esposo José cuando decidieron abandonar su Venezuela natal para comenzar una nueva vida en nuestro país.

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Primero Buenos Aires y -por un trabajo para su esposo- Gualeguay después, Carmen y su familia se adaptan poco a poco a la vida y las costumbres de un lugar que en algunas cuestiones se parece a Los Pijiguaos, donde crecieron y trabajaron hasta emigrar, “por la tranquilidad especialmente”, pero muy diferente en el clima. “Nací en el Estado Bolívar, específicamente en Ciudad Bolívar, una ciudad bastante antigua, que al sur tiene un clima totalmente cálido, tropical, muy diferente al de acá. En Mérida, en la Cordillera donde está el Pico Bolívar, se puede ir a conocer el frío, con temperaturas bajo cero, pero después es todo calor. No tenemos las cuatro estaciones, el invierno es más que nada lluvia”, señala, mientras acomoda todo el abrigo que lleva puesto una gélida mañana de mayo. “Tengo tres años en Argentina y me cuesta un poquito, pero es parte del proceso”, comenta.

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“Estoy casada y tengo dos hijos adolescentes, César e Ivana. Me gradué de abogada en 2008, mi esposo es ingeniero industrial y nos conocimos en una empresa que explotaba un mineral que se llama bauxita, que es lo que utilizan como materia prima para hacer alúmina, que a su vez se utiliza para hacer el aluminio. Era la única empresa en Venezuela que se dedicaba a hacer eso”, relata Carmen a modo de presentación.

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Si bien nació en Ciudad Bolívar, “a los cinco años mis padres tuvieron la oportunidad de irse a un lugar que se llama Los Pijiguaos. Ahí me crié, hice la primaria y la secundaria. Después me tuve que ir a estudiar, porque no había universidad allí, me volví a Ciudad Bolívar y fue donde estudié Derecho”, narra Carmen, al tiempo que da cuenta que “después volví a Los Pijiguaos, que está dentro del mismo estado, aproximadamente a 800 kilómetros. En ese lugar solamente vivían las personas que trabajaban en esa empresa, ahí conocí a mi esposo, nos casamos y estuve hasta 2018, que con toda la situación del país y en busca de un mejor futuro para nuestros hijos tomamos la decisión de venir para acá”.

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 -¿Dejaron todo sin tener algo seguro en Argentina?

-Sí, renunciamos a nuestro trabajo, vendimos todo lo que construimos con mi esposo en 15 años y nos vinimos. José tiene familia en Buenos Aires, mi cuñada tiene cinco años viviendo ahí y mi suegra cuatro, así que nos dieron la posibilidad de venir. No teníamos trabajo acá, pero mi esposo trabajó en un restaurante, lavó platos y yo conseguí trabajar en un spa en atención al cliente.

“Nunca se nos pasó de salir de nuestro país, de verdad, pero con todo lo que pasaba decidimos arriesgarnos, renunciamos a la empresa, que yo hacía ocho años que estaba y mi esposo quince y dijimos nos vamos. Creo que si no hubiésemos tenido los chicos nos la habríamos bancado, como dicen ustedes, pero por la educación y, sobre todo, por la salud decidimos venirnos”, expresa.

Con toda la documentación en regla, llegaron a Argentina en noviembre de 2018 y a los pocos meses José recibió una propuesta laboral. “En enero de 2019 inicié un curso en Buenos Aires de secretariado jurídico contable, que duraba un año, y ese mismo mes lo llaman a mi esposo de una empresa de acá de Gualeguay y se vino. Mis hijos ya estaban escolarizados, así que esperamos y él viajaba los fines de semana”.

Recién a fines de 2019, Carmen y sus hijos conocieron nuestra ciudad. “A mí me gustó, porque es más o menos la vida que llevábamos en Venezuela. Después con todo lo de la pandemia nos dimos cuenta que no podíamos seguir esperando, los chicos ya no tenían clases presenciales, Buenos Aires estaba bastante complicado y nos vinimos antes de que ellos terminaran las clases, en septiembre de 2020”.

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 -¿Cómo se adaptan a la ciudad?

-Vivimos en el edificio Plaza, en un departamento bastante grande y cuando nos instalamos le dije a mi esposo que íbamos a ver qué hacíamos. Yo no conocía a nadie y a los niños les pegó muchísimo, así que lo primero que hice fue ver en qué actividades los podía incluir para que ellos puedan ser parte de la sociedad. Los inscribí en colonias de verano, a mi hija le gusta bailar, por lo que busqué academias de danza, y a César lo llevé a fútbol. Ahora están súper adaptados, hacen cosas que en Buenos Aires jamás hubieran podido hacer, como ir solos a la escuela. Aquí vieron la posibilidad de ser más independientes y les gustó.

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Juntos y revueltos

Es el nombre que le dieron a su emprendimiento gastronómico, en el que ofrecen comidas típicas venezolanas con envío a domicilio. “Un primo en Buenos Aires que estaba sin trabajo se puso a hacer tequeños y me dio la idea, yo en mi vida había hecho, los comía mucho en Venezuela, pero me los hacían mi mamá, mi tía o los compraba. Aprendí a hacer tequeños acá, mi primo me pasó la receta, probamos para nosotros y empezamos”, cuenta Carmen.

“Solamente hacíamos eso —revela—, arepas no, hasta que me llamó una cliente para pedirme. Allá se come mucho, es el plato típico, es el desayuno, es el almuerzo, es la cena. Buscamos la harina de maíz, que es precocida, y no la conseguíamos, hasta que dimos con una muy buena, argentina, que se llama Morixe”.

Si bien en Buenos Aires preparaban chicha, “que es una bebida a base de spaghetti y arroz, que pones a cocinar hasta que quede muy suave y lo licuás, le agregas canela en rama, leche condensada y azúcar”, en nuestra ciudad la aceptación más importante fue para las comidas. “En Venezuela —explica— las arepas tienen nombre, por ejemplo la que lleva pollo y palta se llama reina pepiada, también está la que es de carne mechada con queso amarillo, que se llama peluda. Ese tipo de carne también es usada para el plato típico de Venezuela, que es el pabellón criollo, que además lleva arroz blanco, porotos negros y plátano frito, que es como la banana, pero no tan dulce”.

 -¿Las arepas son tan tradicionales como nuestras empanadas?

-Exactamente y hay mucha variedad de rellenos, pero nosotros tenemos cinco tipos porque no me dan los tiempos. Mi esposo me ayuda mucho, a él le encanta cocinar y así hemos mantenido el equilibrio del emprendimiento. Por ahora estamos cocinando en mi casa, hacemos delivery y a futuro queremos un local o un food truck para seguir llevando nuestra comida, porque es muy amplia la gastronomía venezolana. Hemos tenido una aceptación increíble, cada día se suman más personas, abrimos una página en Instagram y ya tenemos 1.028 seguidores.

 -¿Por qué “Juntos y revueltos”?

-Porque eso es lo que significa la relación que hemos tenido Venezuela y Argentina, estamos juntos, pero no revueltos, porque hemos querido mantener nuestra tradición acoplándola a las tradiciones de acá.

 

Mirar desde afuera

 -¿Qué te ha sorprendido de los argentinos?

-En Buenos Aires trabajé en una empresa en la que tenía que ir a los domicilios a mostrar mi producto y que una persona extranjera pueda entrar a la casa de alguien que no conoce, que te brinden un mate, un café, una galleta y te permita sentarte en su mesa fue para mí algo increíble. La de acá es gente muy amorosa, muy receptiva y muy educada, aunque digan que no. Hay muchos argentinos muy cordiales, muy serviciales.

“Yo estoy agradecida de Gualeguay —subraya—, todos los días hago una amistad, conozco a alguien, gente que me dice que tengo su teléfono por cualquier situación, en los colegios que van mis hijos, los compañeros, las mamás, los compañeros de trabajo de mi esposo, a pesar del poco tiempo nos hemos sentido como en casa. Inclusive mi mamá me dice que no puede creer que ya conozca tanta gente”.

-Duele el desarraigo…

-Mucho, lo he ido trabajando, porque siempre viví con mi mamá muy cerca, mi papá, mis hermanos, mi abuela. Vivíamos prácticamente todos en la misma ciudad y a mis hijos les pegó el venirse, porque son los primeros bisnietos, los únicos nietos. Todavía me cuesta el haberme venido, el haberlos dejado allá con todo lo que está pasando y no poder ayudarlos como quisiera, pero la vida continúa.

“Las redes sociales ayudan —afirma—, poder comunicarnos todos los días, pedirles que se cuiden con la pandemia y pensar en lo que les hace falta. Está muy costoso vivir en Venezuela, mi mamá tiene 54 años y se jubila este año de la misma empresa a la que nosotros renunciamos, mi papá ya está jubilado y es independiente. Mi hermano es ingeniero y mi hermana está por graduarse de bioanálisis (N. del R.: bioquímica)”.

 -¿Cómo es la educación universitaria en Venezuela?

-Es buena, yo estudié en una universidad privada y mi hermano también, pero mi hermana estudia en una pública, porque depende de la carrera. Mi esposo viene de una universidad pública muy reconocida y mi hermana está estudiando en una universidad donde se preparan los mejores médicos. Hoy en día han bajado los niveles, porque muchos profesores se han ido fuera del país, pero hay muy buenas.

“La cultura educativa en Venezuela —indica— es que nuestros papás nos llevaban por el camino de que tienes que estudiar, no si quieres, eso fue lo que siempre estuvo en nuestras cabezas. Mi abuela materna fue enfermera, mi mamá estudió licenciatura en Administración, la dejó y siguió estudiando Nutrición y mi papá es profesor de Educación Física. En Venezuela siempre fue así y en cada casa hay un médico, un abogado, un arquitecto, un ingeniero o un comunicador, porque eran las carreras más elegidas”.

 -¿Qué es lo que más se extraña?

-Mi trabajo, porque estaba en el área para la cual me preparé, los amigos incondicionales, pero sobre todo la familia, porque te desprendes. Mi temor es que pase algo y yo no esté, gracias a Dios están bien de salud, no tienen ninguna enfermedad, están sanos, pero el temor es que pase algo y yo esté lejos. La pandemia está muy mal allá, tenemos conocidos, compañeros de trabajo, amistades, tíos lejanos que han fallecido por Covid-19 y nos cuesta entender eso. No hay vacunación tampoco.

 -¿Qué encontraste en Argentina que falta en Venezuela?

-Cuando llegué a Buenos Aires vi que podía ir al hospital y que podían atender a mis hijos con previo turno. Allá tuve una operación y no conseguía el antibiótico y si mis hijos se enfermaban en la clínica no había una jeringa. La comida la podíamos conseguir, pero el sistema de salud ya no daba para más. A veces no sabemos el valor que tienen las cosas hasta que las perdemos, Argentina no está pasando el mejor momento, pero para nosotros después de ver cosas que no se pueden creer es buenísimo vivir acá.

 -¿Planean quedarse en Gualeguay?

-Sí, no queremos seguir emigrando de una provincia a otra, de un lugar a otro, queremos tener estabilidad acá, nos hemos ido adaptando, los niños están bien y todavía les falta para que se vayan a la universidad. Con nuestro emprendimiento y el trabajo de mi esposo estamos bien, podemos ayudar y de a poco hemos ido comprando todo de nuevo, sentimos que fue buena la elección.

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